VIDA Y DOCTRINA
Agustín nació en el año 354 la ciudad de Tagaste (actual Argelia), en la provincia romana de Numidia, fruto del matrimonio entre Patricio, un hombre pagano de fuerte carácter, y Mónica, una piadosa cristiana que trató durante años de atraer a su hijo a los principios de la doctrina de Jesucristo. En aquellos primeros años, la familia disfrutaba de relativas comodidades, razón por la cual el pequeño Agustín pudo disfrutar de una buena educación. Esta vino, en sus comienzos, de la mano de un literattor, y se completaría más tarde con clases de gramática, cuando la familia tomó la decisión de trasladarse a la ciudad de Madaura.

La conversión de Agustín
Tras su conversión en el año 386, Agustín decidió abandonar su vida pasada y dedicarse al estudio y la enseñanza del cristianismo. Se bautizó en la Pascua del 387 y poco después regresó a África, donde fundó una comunidad monástica en Tagaste. Más tarde, fue ordenado sacerdote y, en el año 395, se convirtió en obispo de Hipona, desde donde desempeñó un papel crucial en la defensa de la ortodoxia cristiana. Su labor como obispo no solo se centró en la teología, sino también en la predicación y la orientación pastoral, enfrentándose a diversas herejías de la época, como el donatismo y el pelagianismo, las cuales cuestionaban la naturaleza del pecado original y la gracia divina.Sus obras más importantes, "Las Confesiones" y "La Ciudad de Dios", reflejan su profunda reflexión sobre la fe, la razón y la relación entre Dios y el hombre. En "Las Confesiones", Agustín narra su proceso de conversión, analizando la naturaleza del alma, la memoria y la voluntad. Explica cómo la verdadera felicidad solo se encuentra en Dios y cómo el pecado es producto de un alejamiento de la verdad divina. Esta obra es considerada una de las primeras autobiografías filosóficas de la historia, en la que Agustín no solo relata su vida, sino que también ofrece una meditación sobre la condición humana, el tiempo y la búsqueda de la verdad.
En "La Ciudad de Dios", escrita en respuesta a la caída de Roma en el 410, desarrolla su visión teológica de la historia, contrastando la Ciudad de Dios (la comunidad de los fieles que buscan la salvación eterna) con la ciudad terrena (aquellos que viven guiados por el amor propio y las ambiciones mundanas). En esta obra, Agustín establece que la historia humana es una lucha entre el bien y el mal, y que solo a través de la fe en Dios es posible alcanzar la verdadera paz y justicia. Argumenta que las sociedades humanas, aunque imperfectas, deben aspirar a reflejar los valores de la Ciudad de Dios, basados en la justicia y la caridad cristiana.
que se explica como una deficiencia de perfección y cuya causa se achaca a un desvío de la voluntad respecto al bien supremo, que es Dios, hacia el individuo; la cuestión de la muerte en su sentido relativo (separación del alma del cuerpo: primera muerte) y en su sentido absoluto (muerte del alma: segunda muerte), con su separación sin remedio de Dios (XII); y la cuestión del pecado original, de su naturaleza (desobediencia y orgullo), de sus manifestaciones (rebelión de la carne, concupiscencia, debilitamiento de la voluntad), y de sus efectos principales (XIII). Estos efectos pueden advertirse en toda la vida psíquica, que se muestra trastornada y perturbada por el predominio de las pasiones; es significativo a este respecto el sentimiento del pudor (XIV)
El pensamiento de San Agustín sentó las bases de la filosofía medieval y sigue siendo una referencia fundamental en la teología cristiana. Su énfasis en la gracia, la predestinación y la importancia de la comunidad de creyentes influyó en la doctrina de la Iglesia durante siglos. A través de su obra, se consolidó la idea de que la fe y la razón no son opuestas, sino que la razón debe estar al servicio de la fe para alcanzar el conocimiento de Dios.
Además de su legado filosófico y teológico, San Agustín tuvo un impacto en la concepción del tiempo y la historia. En sus escritos, argumenta que el tiempo es una percepción del alma y que solo Dios existe fuera del tiempo, en una eternidad inmutable. Esta noción influiría posteriormente en el desarrollo del pensamiento medieval y en la concepción cristiana del destino y la providencia divina.
Dios y alma
Ética
En sus primeros años, va con compañías extravagantes y disfruta de la popularidad, la atención de los demás y las ventajas de cometer ciertas triquiñuelas… Un joven, ni más ni menos
Harto de no encontrar ninguna filosofía o creencia que dé sentido a su vida, empieza a tontear con el escepticismo, la corriente que dice que el hombre no tiene capacidad para conocer la verdad. Visto lo visto, quizá ese sea el mejor camino para él: dudar de todo.
Y es entonces, cuando menos se lo espera, cuando comienzan a darse las circunstancias para que todo cambie, para el giro radical que hará que su nombre entre en los libros de historia. El primer paso no es otro que el efecto que tienen en su persona los sermones del obispo de Milán, Ambrosio, cuyas palabras van poco a poco haciendo mella en él mientras se acerca al estudio de la filosofía de Plotino. Esta mezcla de cristianismo y neoplatonismo va cobrando forma en su mente, augurando la gran aportación que habrá de hacer a la historia de la filosofía.
Una tarde, mientras pasea por un huerto en plena crisis existencial, escucha la voz de un niño que se acerca a él, le entrega una Biblia y le dice: “Lee”
“Porque ya es hora de que despertéis del sueño, pues ahora nuestra salvación está más cerca que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzando, el día se acerca. Abandonemos, por tanto, las obras de las tinieblas, y revistámonos con las armas de la luz. Como en pleno día tenemos que comportarnos: nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos; nada de rivalidades y envidias. Al contrario, revestíos más bien del señor Jesucristo y no estéis pendientes de la carne para satisfacer sus concupiscencias.” Romanos, 13, 11-14
Y es entonces, cuando menos se lo espera, cuando comienzan a darse las circunstancias para que todo cambie, para el giro radical que hará que su nombre entre en los libros de historia. El primer paso no es otro que el efecto que tienen en su persona los sermones del obispo de Milán, Ambrosio, cuyas palabras van poco a poco haciendo mella en él mientras profundiza en la filosofía. Una tarde, mientras pasea por un huerto en plena crisis existencial, escucha la voz de un niño que se acerca a él, le entrega una Biblia y le dice: “Lee”. Al abrir el texto, encuentra un pasaje de la carta de San Pablo a los Romanos que lo impulsa a abandonar su vida anterior y convertirse al cristianismo.
Estas son las dos grandes ramas del pensamiento agustiniano. Por un lado, Dios, y por el otro, el alma. Dos grandes conceptos que fue capaz de enlazar con las enseñanzas de los neoplatónicos Plotino y Porfirio, hasta darle a sus teorías un enfoque nuevo, que seguirá vigente hasta el Medievo.
El platonismo tuvo un gran peso en las ideas de San Agustín, como demuestran algunas de las teorías del sabio de Hipona. Para él, al igual que para el ateniense, la totalidad de la existencia tiene un origen divino. Ambos se acogerán a la idea de la existencia de un “mundo de las ideas”, pero que San Agustín contemplará de un modo diferente: en relación con la creación divina. Dios creó todas las cosas que existen previamente en su espíritu y las ideas son los modelos pensados por Dios para dar forma a dichas cosas.

«No vayas fuera, vuelve a ti mismo. En el hombre interior habita la verdad»
Del mismo modo que existe una luz natural que ilumina nuestro conocimiento, Agustín también considera que los hombres tenemos grabada en nuestra alma una conciencia moral: la ley divina, a la que todo está sometido y cuyos imperativos constituyen la ley natural. Es en nuestra alma, dentro de nosotros mismos, donde podemos encontrar nuestro código moral.
En conclusión, San Agustín es una de las figuras más influyentes del pensamiento cristiano y filosófico. Su vida, marcada por la búsqueda incansable de la verdad, su conversión y su posterior dedicación a la defensa de la fe, lo convierten en un referente clave para comprender la historia del cristianismo y la evolución del pensamiento occidental. Su legado continúa siendo estudiado y debatido en la actualidad, tanto en el ámbito teológico como en el filosófico, pues sus reflexiones sobre el alma, la moral y la existencia de Dios siguen siendo relevantes para la humanidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario